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sábado, 11 de octubre de 2008

Guantánamo en el corazón

Cuando hace algunos años atrás viajaba por las ciudades invisibles de Italo Calvino, nunca imaginé que la ciudad en la cual nací, además de invisible se iba a tornar también inventada, como aquellas que el escritor italiano creó en su pensamiento y nos describió a través del eterno viajero Marco Polo.
En ese libro, Calvino hablaba de las ciudades y los ojos, las ciudades y el deseo, las ciudades y los signos, las ciudades y los trueques, así como de las ciudades y la memoria. Pero yo quiero hablar hoy de mi ciudad y el amor, vale decir: de Guantánamo en el corazón.
Nunca fue Guantánamo una capital y mucho menos una megápolis. Pero por mis padres supe de la belleza natural de sus montes y la urbana de sus bien trazadas calles, aunque algunas de ellas, todavía en mi niñez, carecieran de asfalto.
Mi padre fue el responsable de que las montañas y los ríos guantanameros se adentraran de tal manera en mi mente, que en mi memoria siempre retozan los caminos poblados de cocoteros y otros árboles frutales acompañados del fino murmullo que únicamente los ríos saben tener. Hoy puedo viajar, por ejemplo, a Bernardo de Baracoa y perderme en la inmensidad de sus cafetales con el asombro de una niña que levanta sus ojos y ve como casi llegan al cielo los árboles que protegen del sol a las pequeñas y coloridas plantas de café. O puedo adentrarme en las cristalinas aguas de Playitas de Cajobabo y sentir la brisa que me trae el olor del aceite de coco con el que se suele cocinar por esos lares o ver las mujeres que lavan ropas y sábanas utilizando las piedras como bateas y ciertos pedazos de madera para blanquearlas.
Recuerdo también el olor del azúcar cuando nos acercábamos al central a donde mi padre tenía que llevar cañas o traviesas y en un horno viejo un señor vestido de blanco hacía galletitas para la hija del Bárbaro, como le decían a mi papá sus colegas camioneros y muchos vecinos del lugar. Si cuando era adolescente en La Habana me llegué a sentir a menos por ser hija de un camionero, allí en el Guantánamo de mi niñez sentía que era la princesa y mi padre un Rey.
Y es que en La Habana que yo conocí, al contrario de lo que pregonaba el despótico discurso oficial, las clases sociales si existían (y existen), pero no por el esfuerzo personal y el derecho a la propiedad privada, sino por el servilismo y las prebendas de un régimen que nos vendió igualdad y nos llenó del más barato populismo para los de abajo, mientras que los de arriba gozaban (y siguen gozando) de opulentas fortunas y arrogancias sin limites.
Quizás algo similar ocurría y ocurre en Guantánamo. Pero nunca lo llegué a sentir con tanta fuerza y crudeza como cuando me fui a vivir con mis padres a la capital cubana. Allí supe que a los orientales nos habían bautizado como Palestinos, y nos rechazaban solo por haber nacido en ese extremo de la isla.
Surgió entonces en muchos orientales y provincianos en general, una necesidad de ocultar sus orígenes, situación que algunos han cargado allende los mares y han traído hasta ciudades como Miami. Incluso, cuando alguien de otro país sabe que tu eres cubano y vives en Miami inmediatamente te pregunta en que piso de La Habana tu vivías, por aquello de que casi todos son de La Habana.
Gracias a mis padres, jamás perdí el sentido de pertenencia a Guantánamo y siempre he dicho con orgullo que soy de allí: de las lomas y del río, de la pequeña ciudad y el son más tradicional, de los balances y los guineos, de los coches y las casas con portales, aunque el Guantánamo donde yo viví ya había perdido muchos de los encantos que mis padres celebraron en sus anos de juventud y por los cuales nunca les hizo falta emigrar buscando un mejor porvenir como si tuvimos que hacer mis hermanas y yo, por supuesto, con ellos a la cabeza.
Justamente, por mis padres también aprendí a conocer y a amar esa ciudad invisible que en sus mejores días ni siquiera necesito ser una provincia, como lo fue después, para que su gente pudiera vivir y desarrollarse en sus diferentes profesiones y personalidades de la talla del poeta e intelectual Regino Eladio Boti nunca pensaran en trocar su pequeña ciudad por una gran urbe, si al fin y al cabo hasta ella llegaban de primera mano los avances de países como Estados Unidos, Italia y Francia, por solo citar algunos.
Aun así, durante el siglo XIX y la primera mitad del XX quizás no fuera Guantánamo la mas culta de las ciudades de Cuba, ni mucho menos la mas bella arquitectónicamente hablando, pero lo que si resulto una vergüenza después fue que la confinaran como la mas pobre y que Fidel Castro tuviera el cinismo de ubicarla en el mapa del desarrollo cubano como una ciudad del noveno mundo.
Convertida entonces en la cenicienta de la isla y caminando como el cangrejo siempre hacia atrás, por esas ironías que tiene la vida, el gentilicio de Cuba que más se conoce en el mundo es el de Guantánamo en su lado femenino, porque la Guajira Guantanamera es la canción cubana que en más idiomas se ha cantado y que a más rincones de este mundo ha llegado. Y con el espíritu de esa divina guajira, guajira guantamera quisiera desearle a mi ciudad el mejor de los porvenires amparada en el amor de cada uno de nosotros que estoy segura mas temprano que tarde podrá llegar hasta sus calles, parques y a cada una de sus casas .

Daisy Ballmajo

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